En el software a menudo menos es más

La mayoría de proyectos son fruto de la necesidad, para cubrir una carencia o para mejorar una actividad y / o funcionalidad existente.

Todos los proyectos tienen como objetivo último lograr un retorno de la inversión cuantificable y en el menor tiempo posible.

Cuando hablamos de software, de la implantación de un nuevo programa y/o la creación de una nueva funcionalidad, los riesgos se multiplican y la definición del ROI tiende a complicarse.

El primer gran reto a la hora de buscar un nuevo software es identificar qué tipo de aplicativo requerimos.

Como ocurre casi siempre cuando vamos a buscar algo al mercado, nos encontramos con diferentes opciones en función de la empresa a quien se dirigen,  y obviamente en el caso del software también es así.

A modo de ejemplo, para un producto como un ERP encontramos empresas que ofrecen un software muy básico hasta llegar a otros pensados ​​para ser implantados en grandes organizaciones, no son mejores ni peores, simplemente están dirigidos a mercados distintos.

Siempre han existido empresas de software que ofrecen sus servicios a un target de clientes que no se ajusta a su perfil standard.

Estos movimientos vienen motivados muchas veces porque su segmento ya está saturado y buscan incrementar su número potencial de clientes entrando en un nuevo mercado para la empresa e intentar corregir de esta forma el descenso de la demanda.

También pasa a menudo que los clientes se sienten atraídos por estos productos a priori mejores, con mayor funcionalidad, etc…  Esto que puede parecer una oportunidad para poder disponer de herramientas que de otra forma no podríamos tener, se puede convertir en el inicio del fracaso del proyecto.

Si lo que necesitamos es arar un campo, a nadie se le ocurriría hacerlo con un Ferrari, aunque nos lo regalen. Nadie osaría discutir que un Ferrari es un gran vehículo, muy bueno y muy rápido, pero por más que lo adaptamos y le pongamos ruedas de tractor, continuaremos teniendo un vehículo que no ha sido concebido para trabajar en el campo.

Hace un tiempo hablaba con un responsable de una compañía de revisiones técnicas, una empresa a medio camino entre una entidad pública y privada, y que hacia poco tiempo habían cambiado el software de gestión.

Tenían una aplicación muy simple y sobre la que toda la organización tenía claro que había que cambiar, para dar un paso adelante en capacidad de gestión, conseguir una significativa reducción de costes y disponer de información analítica de la compañía.

La dirección interpretó como una gran oportunidad implantar una solución de software, que por no decir nombres podríamos llamar “de alto nivel”, y que a priori cubría sobradamente las necesidades de la organización. La experiencia de los implantadores en compañías más grandes era importante y económicamente no se alejaba mucho de otras soluciones que habían visto y que estaban uno o dos escalones por debajo.

El resultado no fue el esperado; la capacidad de gestión no se ha incrementado, principalmente por la gran cantidad de información y validaciones que requiere el sistema y que no permite a los administrativos gestionar más expedientes en menos tiempo. Tampoco se ha conseguido reducir los costes y sobre la capacidad de análisis aunque ahora disponen de mucha información los beneficios también son cuestionables.

Dentro de la compañía la decepción es importante, se han invertido muchos recursos y se ha vivido una curva de aprendizaje muy dura, para acabar teniendo un software que hace el trabajo (podemos labrar el campo) pero quizá lo que tenían antes (un moticultor) al que tienen ahora (un Ferrari con ruedas de tractor) en términos de producción no han ganado mucho.

A modo de conclusión comentar que no siempre más es mejor, muy al contrario, todo aquello que no se ajuste a las necesidades objetivas a cubrir nuestras organizaciones lo acabarán pagando.